por Eduardo Barreira Delfino *  

ACERCA DE LA PROBLEMÁTICA DE LA INFLACIÓN

Realidad económica estructural 
La impredecible realidad económica de nuestro país, que viene perdurando alrededor de medio siglo, en la actualidad vuelve a indicar que existen presiones crecientes por el lado de la demanda (mayores consumos y aumentos de salarios), las cuales se contraponen con paulatinas restricciones del lado de la oferta (insuficiencia de inversiones y limitaciones productivas); todo ello dentro de un contexto de gasto público desmesurado e ineficiente y su cara gemela la sobre expansión monetaria. Estas circunstancias son demostrativas de una situación estructural crujiente, que se va manifestando y verificando a través de un constante y solapado incremento de la inflación, que demuestra resistencias en su declinación.
La historia vuelve a repetirse, signando desfavorablemente —una vez más— el desarrollo y el progreso social de la comunidad, desafiando a los académicos de la economía y a la toma de conciencia necesaria para desentrañar esta curiosa reincidencia política y social, repercutiendo consecuentemente, en la agonía de la credibilidad social, resintiéndose así el principal factor de la economía que es la psicología.
La sociedad vuelve a sentir preocupación por el enquiste de la inflación en la economía cotidiana, variable que incide y se traslada a la macroeconomía. El deterioro del valor de su moneda, es la prueba cabal que patentiza esa sensación, ello explica por sí solo la huida persistente hacia otra moneda con reserva de valor y aptitud de ahorro; a lo que hay que agregarle las ramificaciones que el fenómeno monetario tiene en todas las actividades económicas, sociales, familiares e individuales.
Téngase presente que la historia de la moneda nacional de los últimos 50 años, configura la prueba más categórica y contundente de mala administración de los recursos e incompetencia para afrontar impulsar y consolidar el desarrollo, único camino para desactivar la inflación.
Es imperioso recordar los cambios monetarios experimentados desde el año 1970 “Peso ley 18.188” (1970), “Peso Argentino” (1983), “Austral” (1985), “Peso Convertible” (1991), y actualmente “Peso Inconvertible” (2002). 
Gracias a las cinco últimas décadas transitadas, signadas por la desacertada gestión y administración de los recursos públicos, donde la moneda del país ha sido devastada y la estabilidad económica, financiera y cambiaria siempre estuvo oscilantemente comprometida, son hitos demostrativos de la ineptitud, tanto la clase gobernante como la dirigencia política, para encontrar soluciones razonables en beneficio del conjunto del país.  

¿Qué rol tiene la inflación en la dinámica de la economía de un país?
Al igual que el termómetro que advierte sobre la fiebre de una persona, la inflación es un “timbre de alerta” colectivo que anuncia sobre el mal funcionamiento de la economía de un país.
La fiebre, si sobrepasa ciertos guarismos (38º/39º de temperatura), determina que deba recurrirse al médico para que indague sobre las causas que la motivan, diagnostique sobre cuál es la enfermedad acaecida y formule el tratamiento farmacológico o quirúrgico necesario para enfrentar la enfermedad y sanear a la persona.
La inflación, si traspasa determinados límites aceptados técnicamente (10% anual), también determina que deba convocarse al gabinete de ministros y a los técnicos para que exploren las variables de la economía que no funcionan adecuadamente, diagnostiquen sobre cuáles son las disfunciones detectadas y formulen las medidas correctivas como los incentivos necesarios para revertir la situación.
En uno y otro caso, el proceso de recuperación requiere la toma de decisiones que no son agradables ni de fácil ejecución y tienen un costo imprevisto a soportar. La diferencia radica en que, si estamos ante de la salud persona, el tratamiento sugerido por el médico se cumplimenta; por el contrario, las medidas que corresponderían adoptar para revertir las causas de la inflación diagnosticadas, no se adoptan o se implementan solo algunas y aisladamente, debido a que, desde una prevaleciente concepción políticamente populista, no son convenientes por el temor de pérdida de respaldo popular que las mismas puedan acarrear, de modo que son sustituidas por placebos, declamaciones voluntaristas y atribuciones de culpas que se consideran ajenas a los gobernantes de turno.
Al igual que la fiebre, bienvenida sea la inflación, porque en ambos casos, anuncian con anticipación, que es necesario e inevitable “curar” las dolencias orgánicas y funcionales que las causan.
Restando relevancia al valor de la moneda, se desdibuja una inexorable “precondición para promover y consolidar el ahorro y la inversión como también para cimentar la estabilidad de la economía, los precios y el empleo.
Desde esta óptica, la estabilidad económica y financiera no debe interpretarse como un fin en sí mismo, sino que constituye un medio imprescindible para el desarrollo económico y social del conjunto del país.
La inflación baja y controlada permite el crecimiento sostenido, precisamente por asegurarse la estabilidad monetaria, financiera y cambiaria. Pero sin adecuado y eficiente control de la inflación, subestimándose sus índices, los esfuerzos para impulsar la producción y el empleo se diluyen en el tiempo.
Sin embargo, pareciera que la inflación tiene bastantes simpatizantes, tanto en el sector público como en el privado, puesto que toda economía inflacionaria conduce a que se vean incrementados los ingresos del Estado y de las empresas (impuestos y facturaciones), a la par de sentirse licuados los egresos (salarios y proveedores, sin dejar de mencionar las jubilaciones, las pensiones y los planes sociales asistenciales).
Nominalmente, la ecuación ingresos – egresos resulta positiva, pero sustancialmente esa ecuación es categóricamente inversa. Ergo, la inflación disfraza las malas e ineficientes gestiones en la administración de los recursos, tanto públicos como privados.
El valor económico de los bienes transables depende del valor que le asigne la dinámica de los mercados, los cuales, a su vez, se encuentran condicionados por el comportamiento de las autoridades e instituciones de gobierno del país, en cuanto a sus responsabilidades en la administración de los recursos del Estado.
La correcta y eficiente gestión pública, tranquiliza a los mercados y ello coadyuva a que la inflación tienda a estabilizarse o no insinuarse de modo preocupante. Lo contrario, sensibiliza a los mercados y ello facilita a que la inflación, no solo comience a tornarse realmente preocupante sino que continúe potenciándose.
Culpar a las concentraciones económicas —donde existan— del fenómeno inflacionario, es no entender la economía ni la política. Las concentraciones económicas y dominantes, configuran un fenómeno microeconómico, para las cuales están previstas las leyes de defensa del mercado, de la competencia y del consumidor. En cambio, la inflación es un fenómeno macroeconómico, donde la aptitud de gestión y administración del gobierno de turno es determinante.
La experiencia indica que cuando la inflación se ha desatado, las soluciones generales (índices o cláusulas de ajuste) que se implementen, no dan resultados positivos. Todo lo contrario, consolidan y realimentan el fenómeno inflacionario1. Igual suerte corren los aumentos tarifarios o salariales, en virtud de ser meramente nominales.
Es que los índices que se elaboran por los organismos técnicos contiene en sí una paradoja: los dos factores que intervienen en el índice, precio y moneda, son factores variables; y mal puede hablarse de un aumento del precio de las cosas cuando la moneda con la que se lo representa no es constante; se trata, según la feliz expresión de Bosch, de medir “algo” con un metro elástico2.
Por lo tanto, la inflación no se combate con regulaciones sino con gestión y solución de los problemas cotidianos, factores que pueden hacer renacer la confianza social. Entonces viendo la persistencia estructural de la convivencia con la inflación, es menester definir el interrogante siguiente: ¿la inflación es un flagelo o una virtud?
Las transacciones económicas y financieras, tanto en el sector privado como en el público y en el orden nacional como internacional, necesariamente requieren contar con una moneda confiable y estable, para darle fluidez a los negocios y los servicios que hacen a la vida social, generando un circuito virtuoso de la actividad ciudadana.
En el dinámico y globalizado mundo económico y financiero, la confiabilidad monetaria constituye una política de estado de todo país serio, en virtud de que el dinero carece de valor intrínseco (tinta y papel) y solo tiene el valor nominal que la autoridad le asigna, que es de significativa naturaleza fiduciaria. Por ello, el factor psicológico, es relevante en virtud de configurar el motivo por el que la moneda de un país sea aceptada (intercambio) y/o atesorada (ahorro). De modo tal, que esa confiabilidad, solo es viable conforme sea el respaldo que tenga esa moneda.

¿Y cuál es la base de sustentación de ese respaldo psicológico? Me aventuro a deslizar cinco factores relevantes:

  • Administración eficiente de las reservas internacionales acumuladas, como expresión de la solvencia del país, como respaldo de la base monetaria y de la circulación de dinero y como auto seguro ante siniestros de riesgos cambiarios y de crisis bancarias.
  • Respeto de las instituciones consagradas por las leyes de organización del país, especialmente la autarquía del Banco Central y su independencia del Poder Ejecutivo nacional.
  • Fortaleza de sus estructuras productivas y su integración nacional como internacional, desalentando matrices especulativas de los agentes económicos.
  • Transparencia y legalidad en la dinámica de los mercados, evitando la centralización y cartelización de las cadenas de comercialización de bienes y servicios.
  • Calidad de la gestión y administración de la cosa pública, por parte de los responsables de los gobiernos nacional, provincial y municipal.

Fácil resulta deducir que, si alguna de estas variables no funciona, el valor de la moneda y su grado de confiabilidad entran en crisis, con macro efectos inevitablemente perniciosos para el conjunto de la sociedad. Más grave aún, si el conjunto de esos cinco factores no funciona3.

Es vital recordar y aprehender que la estabilidad monetaria y financiera permite:

  • Alentar las posibilidades de proyectarse al futuro y decidir inversiones y emprendimientos.
  • Sincronizar los flujos entre acreencias y pasivos, evitando las especulaciones circunstanciales en los compromisos y relaciones contraídos.
  • Aportar mayor seguridad y previsibilidad a las transacciones.
  • Profesionalizar la administración de los recursos, para evitar la descapitalización de los activos, sean privados o públicos.
  • Mejorar las expectativas del ahorro y el crédito, bajando las tasas de interés, alargando los plazos y ampliando las alternativas de financiamiento.

Apretada síntesis de una explicación sobre la inflación
Una de las explicaciones de la inflación reside en la teoría cuantitativa del dinero, formulada por Irving Fisher, alrededor del año 1911, al señalar la consonancia entre la cantidad de dinero circulante, su velocidad de circulación, los índices de precios y el volumen de las transacciones en una determinada economía, dando lugar a la famosa fórmula MV=PT, para explicar que un aumento de la velocidad del dinero, cuando hay desconfianza acerca de la estabilidad de la moneda y la ciudadanía comienza a desprenderse de ella, genera los aumentos de precios en la medida que el volumen de transacciones no aumente proporcionalmente. Bajo estas predicciones, la inflación quedó directamente relacionada con el aumento de la cantidad de dinero en circulación, dando lugar a una visión monetarista de la inflación.
Por su parte, John M. Keynes tiene una visión diferente a la teoría cuantitativa del dinero, sosteniendo que la inflación va más allá de un fenómeno monetarista al considerar que ella se produce cuando la demanda agregada efectiva de bienes y servicios es mayor que la oferta disponible.
Años después de la formalización de este enfoque de cuño estructuralista, aparece en la escena de las interpretaciones del fenómeno, el denominado paradigma de Milton Friedman: la inflación es, siempre y en todo momento, un fenómeno monetario; apreciación que no profundiza en las causas estructurales que inciden y contagian los procesos inflacionarios. En realidad, las implicancias monetarias siempre están presentes en los acontecimientos signados por la inflación, pero ellas son ajenas a las causas generadoras de la inflación; simplemente son derivaciones demostrativas de la misma.
El enfoque de la Escuela Austríaca no dista demasiado del núcleo de la teoría cuantitativa. Sin embargo, uno de los problemas que encuentran en dicha formulación es la carencia de una explicación de las variaciones en el valor del dinero. El valor del dinero, según Von Mises, depende de su calidad, y la calidad del dinero está en función de su capacidad adquisitiva y, por tanto, las variaciones en el valor del dinero permiten que en la economía exista un proceso inflacionario, alterando gravemente la estructura productiva de la economía.
La corriente estructuralista es quien mejor explica la problemática, partiendo de la premisa que la inflación es algo mucho más complejo que un fenómeno simplemente monetario; ello debido a que es el resultado de desequilibrios de carácter real que se manifiestan en forma de aumentos del nivel de precios, en razón de existir ineficiencias en el funcionamiento de las estructuras económicas que se trasladan a la producción y/o al consumo. Vale la pena tener presente que este carácter real del proceso inflacionario, es más perceptible en los países subdesarrollados que en los países desarrollados.
La tesis de que la inflación solo se debe al desorden financiero y a la incontinencia monetaria, no es del todo acertada; al contrario, es más bien simplista. Existen factores estructurales importantes que llevan a la inflación y contra los cuales resulta impotente la política monetaria.
Frenar la inflación y conseguir la estabilidad, no puede ser a expensas del descenso del ingreso global y del estancamiento o debilitamiento del ritmo de desarrollo del país. La inflación no sabría explicarse con prescindencia de los desajustes y tensiones sociales que surjan del grado de desarrollo económico de los países.

Es preciso tener presente que la estructura económica de los países se encuentra compartimentada por distintas subestructuras, que pueden funcionar integrada o separadamente, dinámica que perfila su rumbo funcional, a saber:

  • La productiva, como creadora de bienes y servicios.
  • La financiera, como facilitadora del acceso al financiamiento productivo y al equipamiento tecnológico.
  • La exportadora, como generadora de puentes y relaciones con el resto del mundo (hoy totalmente globalizado).
  • La institucional, sustentadora de la calidad de funcionamiento de las instituciones republicanas, del estado de derecho y de la fluidez en las relaciones de grupos y clases sociales.
  • La tecnológica, como suministradora de las innovaciones aceleradas de equipos y programas.
  • La educativa, como aportadora de recursos humanos, con satisfactorios niveles de preparación, entrenamiento y actualización de conocimiento.

En la conformación deficiente de estas subestructuras, el funcionamiento asincrónico entre las mismas y las dificultades o limitaciones para canalizar sus interrelaciones y sus tensiones naturales (entre sí y con la totalidad), se encuentra la clave de la propensión inflacionaria en la comunidad.
Las decisiones monetarias, “per se”, no son suficientes para resolver la inflación, porque no actúa sobre los desajustes estructurales, que constituyen la verdadera causal de la propensión inflacionaria. Al contrario, pueden retrasar e incluso impedir los procesos de desarrollo económico y su sustentabilidad.
Hay que intentar una política perdurable de largo plazo que garantice el desarrollo económico y paulatinamente la superación de los desajustes estructurales que alimentan la propensión inflacionaria. La máxima desarrollista “esfuerzo en el presente para el bienestar del futuro”, estimo resulta irrefutable.

Notas

1 Nussbaum, Arthur, Derecho monetario nacional e internacional, cap. II, sec. 13, nº V, Buenos Aires, 1954, p. 293.
2 Alegría, Héctor y Rivera, Julio C., La ley de convertibilidad, Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1991, p. 75.
3 Kahneman, Daniel y Smith, Vernon, que obtuvieron el Premio Nobel de Economía en el año 2002, nos enseñaron acerca de la trascendencia de incorporar la investigación psicológica a la ciencia económica, particularmente en la toma de decisiones ante escenarios de incertidumbre, desarrollando la teoría de perspectivas. Kahneman es reconocido por sus contribuciones al estudio del comportamiento de los agentes aplicando el análisis de la psicología cognitiva; y Smith por sus aportaciones fundamentales a la economía experimental.

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